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LA ODISEA DEL 'GRAND VOYAGER'
'Nunca hemos pasado tanto miedo, creímos que no saldríamos de allí'

 
Algunos pasajeros del 'Grand Voyager' esperando en el interior del barco a ser atendidos por los equipos sanitarios. (Foto: EFE)
Algunos pasajeros del 'Grand Voyager' esperando en el interior del barco a ser atendidos por los equipos sanitarios. (Foto: EFE)

MADRID.- "Nunca hemos tenido tanto miedo. El barco estaba sin gobierno y la gente no tenía dónde agarrarse". Así recuerda Rafa, una de las personas que viajaba en el crucero 'Grand Voyager', la odisea que vivieron los 474 pasajeros de este barco en la recta final de sus vacaciones. "Pensábamos que no íbamos a salir de allí porque no había ninguna posiblidad de que alguien nos ayudase", afirma.

 

"Fueron 40 horas en una cáscara de nuez", asegura Carmen Torres, redactora de EL MUNDO que viajaba también en el crucero. "Lo peor es lo largo que ha sido todo; tanto tiempo agarrado a una barandilla, con el cuerpo destrozado, sin comer...", añade.

Todo comenzó en torno a las ocho de la tarde del domingo. Era la última noche que iban a pasar a bordo del crucero, donde, hasta entonces, habían disfrutado de unas vacaciones que les habían llevado a Livorno, Malta o Túnez. La tripulación les había prometido una velada inolvidable. Y, realmente lo fue, pero no de la manera que habrían deseado. A esas horas ya se había desatado la tormenta que provocó la avería del barco, por lo que muchos de ellos, mareados, optaron por no salir a cenar.

"Nos dijeron que nos quedásemos en los camarotes, y así lo hicimos hasta que se nos cayó todo encima, los espejos, las mesillas, los guardarropas...". Era ya la mañana de lunes, el barco estaba a unas 60 millas al este de las Islas Baleares, y la gente decidió salir al pasillo como pudo, "algunos iban descalzos o a medio vestir", explica Carmen.

 

El interior del barco ha quedado destrozado. (Foto: EFE)
El interior del barco ha quedado destrozado. (Foto: EFE)
En torno a las 8.30 de la mañana, sonó la alarma del barco. Los pasajeros se pusieron los chalecos salvavidas y la tripulación les distribuyó por las distintas salas. "Los pasillos era estrechos y había agarramanos donde podías sujetarte. Sin embargo, en los espacios abiertos a los que nos llevaron, como la discoteca y el restaurante, no era posible aferrarse con fuerza", recuerda. 

 

Fue entonces cuando la situación tomó tintes realmente dramáticos. El vaivén de la olas, que llegaron a alcanzar los 14 metros de altura, y el viento, que soplaba a más de 100 kilómetros por hora, tenían al crucero, y a las personas que viajaban en su interior, completamente a su merced. Algunos intentaron agarrarse al mobiliario que estaba fijado al suelo, pero éste no resistió. Se desprendió arrastando a los pasajeros por los aires. "La gente y los muebles volaban por la sala, hubo algunos que chocaron contra los cristales, que estallaron provocando contusiones".

"Mucha solidaridad y poca coordinación"

Rafa fue una de las personas que se agruparon en la sala de reuniones. Estaba en el barco junto a su mujer y a su hijo de tan sólo un año.

"Estábamos asustados. Tanto los pasajeros, como la mayoría de la tripulación -formada por 317 personas- pensábamos que no íbamos a salir de allí". "El alimento se perdió y el agua tenía que racionalizarse", explica, "Entre la tripulación hubo mucha solidaridad, incluso fueron a buscarnos alimentos, pero muy poca coordinación".

 

El 'Gran Voyager' es un crucero de 180 metros de eslora. (Foto: Reuters)
El 'Gran Voyager' es un crucero de 180 metros de eslora. (Foto: Reuters)
 
Sin embargo, después de unas dos horas y media de calvario, en las que Rafa tuvo que emplear toda su fuerza para agarrarse él con una mano y con otra, sujetar a su hijo, el barco consiguió ponerse en marcha y avanzar rumbo a Cerdeña. "El temporal seguía, pero, al menos, el barco iba a favor del viento", explica. Finalmente, a mediodía del martes, el 'Grand Voyager' llegó al puerto de Cagliari en la isla italiana. Allí los servicios sanitarios atendieron a cerca de 50 personas. Seis pasajeros españoles tuvieron que ser traladados al hospital por las heridas y se han quedado en Cerdeña. 

 

Poco después, el resto de los pasajeros españoles partieron rumbo al aeropuerto de Cagliari, donde les esperaban los aviones que les traerían de vuelta a Madrid y Barcelona. Entre ellos, el estado de nervios había llegado a tal punto que una persona sufrió un infarto antes de subir al avión y tuvo que ser traladada al hospital.

Ya en suelo patrio, y con los nervios un poco más calmados, Rafa dedica unos minutos a hacer valoraciones. "El trato del personal ha sido bueno, pero creo que el barco no estaba preparado para el temporal porque, por ejemplo, no es normal que se desprendiese el mobiliario". Carmen Torres coincide con este sentimiento de que hubo imprudencia. "Estábamos engañados, los rumores corrían por el barco, pero no había explicaciones oficiales. El capitán no ha dado explicaciones hasta que no hemos llegado al puerto de Cerdeña", denuncia.

 

Un mar bello y atroz

En su obra El espejo del mar, el escritor y marino Joseph Conrad realza, para desilusión de atlantistas y pacifistas, la bravura y ferocidad del Mediterráneo respecto a otros mares del mundo. Realmente, lo que dice de nuestro mar es que es traidor e inclemente, llevado por levantes que empeoran sin previo aviso y por mistrales y tramontanas que, aunque avisan, siempre son más brutales que su anuncio. De hecho, Conrad dice que el Golfo de León es el lugar más peligroso del mundo para la navegación, una espita entre los Pirineos, el Ródano y los Alpes, un horno infernal que, cuando se aviva, siempre provoca en el tripulante la misma pregunta, inútil y tardía: ¿qué demonios hago yo aquí?

Algo así debieron pensar los 500 cruceristas que se vieron sorprendidos por una avería de motores y un mar atroz el lunes a 60 millas al sur de Menorca. Una ola alcanzó al ferry por proa y entró en el puente de mando; otra le atizó en la popa y penetró en la sala de máquinas. En unos minutos la nave se quedó sin motores, sin electricidad, sin navegadores, sin estabilizadores y sin megafonía. Sonaron las alarmas, fueron distribuidos los chalecos salvavidas y los pasajeros ocuparon las cubiertas para un eventual desembarco de emergencia. ¿Desembarco de emergencia con olas de 16 metros y vientos de 60 nudos?

En una navegación en la goleta Tirant Primer de la Generalitat sopló durante mi turno de timón un poniente de 37 nudos en el Estrecho de Gibraltar y no lo olvidaré nunca. En otra ocasión, al doblar el cabo de la Nao en el kibel, un velero de siete metros lleno de niños, se desató un ventarrón de 27 nudos que casi nos tumba. Los niños bajaron al camarote y gritaban: ¡¡¡nos vamos a morir, nos vamos a morir!!! En ambos casos puedo decir que he visto hervir el mar y que he deseado estar muy lejos de allí. Y en ambas ocasiones, a las dos semanas, he vuelto a navegar.

Experiencias como las del crucero Gran Voyager no son deseables para nadie pero demuestran que nada en el Mediterráneo nos ha sido regalado. Este mar, en cuya atmósfera la humanidad ha alcanzado el grado de civilización, ha sido una bronca constante. Es más, creo que gracias a esa pelea, del hombre contra la naturaleza, y del hombre contra el hombre, podemos hablar hoy de esta zona del planeta como de cuna de nuestra cultura. El Mediterráneo es un espacio escénico entre nevados perennes y desiertos irrespirables, entre el olivo y el oasis, entre marismas y acantilados, codiciado y sometido por tribus del norte, poblado por clanes milenarios, hablado en lenguas semíticas, adorado por religiones monoteístas. Nada ha sido fácil. Los hombres tardaban dos meses en llegar desde Alejandría hasta Cádiz, pero se arriesgaban, naufragaban y llegaban. Por eso, cuando a mitad del verano, en la popa de un velero fondeado en una cala de Menorca o de Éfeso, estalla el aroma de una dorada asada entre sarmientos, junto a las notas de una guitarra o de un laud, mientras el barco se balancea suavemente al ritmo de un ligero rebufo, y la luna sale como una galleta maría detrás del acantilado, y alguien querido te escancia más vino, uno puede -con humildad, con delicadeza, con reconocimiento- agradecer a los dioses haber nacido en un lugar así.

Iberojet anima a los pasajeros del “Grand Voyager” a reclamar
Los responsables de Iberojet son los primeros "enfurecidos" por lo ocurrido con el "Grand Voyager", el crucero operado por la compañía que este lunes se averió a unas 60 millas del este de Menorca, por lo que no sólo comprenden que los pasajeros piensen presentar reclamaciones sino que les animan a hacerlo.
L D (EFE) Así lo dijo el consejero delegado de la empresa, Gabriel Subías, en una rueda de prensa celebrada en Palma para dar cuenta de los detalles del accidente, que se ha saldado con varios heridos y seis personas hospitalizadas en Cagliari (Italia), adonde este martes llegó el buque tras navegar en medio de un gran temporal. Subías aseguró que Iberojet, organizadora del crucero, está del lado de los pasajeros y que se siente tan perjudicada como ellos por lo sucedido, por lo que no sólo comprende que piensen pedir indemnizaciones, sino que incluso les empujó a hacerlo.

Recordó que el "Grand Voyager" es el único de los tres cruceros con los que la compañía ha realizado su programación de verano que está en alquiler, y anunció que será la propietaria del barco, el consorcio alemán de bancos KLFW, la que deba iniciar una investigación y dar explicaciones que "satisfagan". No obstante, no tuvo ninguna duda del carácter "sorpresivo" del accidente, ya que nadie pudo vaticinar que la climatología sería tan adversa, y aclaró que el "Grand Voyager", construido en el año 2000, es el crucero "más moderno del mercado español", lo que le ha hecho merecedor de numerosos premios.

Con todo y a la espera de conocer el estado del barco, Iberojet ha suspendido el crucero de la misma ruta que tenía que salir el lunes y el del día 21, y ofrece la opción de devolver el dinero de los pasajes a las personas que tenían reserva o poder realizar otro periplo por el Mediterráneo oriental. Durante su comparecencia, el directivo tuvo constantes palabras de apoyo para las 800 personas que estaban a bordo del buque, sobre todo hacia los 418 pasajeros, la mayoría de los cuales llegaron ya a España, a excepción de los seis que han quedado hospitalizados en Cagliari, acompañados de nueve familiares.

A este respecto, apuntó que cuatro de ellos sufren traumatismos, otro una fractura de tobillo y un sexto un amago de insuficiencia cardíaca, aún por confirmar, que le sobrevino cuando estaba desembarcando. Subías también destacó que la compañía nunca había vivido un suceso similar, y aseguró que ha puesto y pondrá todos los medios a su alcance para paliar la situación.

En otro momento de su intervención, Subías destacó el "mal trago" que tuvieron que sufrir los pasajeros cuando, sobre las 9.30 horas, tras un golpe de mar, el barco quedó al este de Menorca sin gobierno, dando "bandazos", en medio de un temporal con olas de hasta doce metros de altura. El buque no perdió su capacidad de generar energía eléctrica, por lo que en todo momento tuvieron luz y calefacción. No obstante, los sistemas de megafonía interior resultaron dañados y eso pudo perjudicar a la hora de dar información a los pasajeros.

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